Tazones es un pequeño pueblo marinero, colorido y con ese punto de encanto que hace que uno vaya caminando sin demasiada prisa, dejando que cada rincón vaya apareciendo poco a poco.
Nuestro recorrido comenzó junto a la iglesia
de San Miguel Arcángel, desde donde empezamos a descender hacia el mar, como si
todo el pueblo nos fuera guiando inevitablemente hasta su puerto.
Bajamos por las estrechas calles que se abren paso por el Barrio de San Miguel, entre casas que parecen competir unas con otras por ver quién luce la fachada más alegre. Ventanas, balcones y paredes pintadas de vivos colores van acompañando el descenso, componiendo ese paisaje tan marinero que hace que uno tenga la sensación de estar caminando por un lugar que, pese a recibir tantos visitantes, todavía conserva una personalidad muy suya.
Poco a poco llegamos a la calle principal y
allí el ambiente cambia. El paseo se llena de terrazas y establecimientos
hosteleros en los que el mar no solo se contempla, sino que también se saborea.
Pescados y mariscos ocupan las mesas, y resulta difícil no imaginarse sentados
tranquilamente, dejando pasar el tiempo mientras el olor a cocina y la cercanía
del Cantábrico terminan de despertar el apetito.
Y entonces, casi sin previo aviso, el pueblo
se abre definitivamente al mar. Desde el puerto es inevitable recordar que
estas aguas fueron testigo de un momento histórico extraordinario. Fue aquí
donde, en 1517, desembarcó por primera vez en tierras españolas el joven Carlos I de España
y emperador Carlos V. Llegaba desde Flandes para tomar posesión de los reinos
heredados de sus abuelos, los Reyes Católicos,
antes de continuar viaje hacia VILLAVICIOSA
y, posteriormente, VALLADOLID.
Cada mes de agosto, Tazones revive aquel acontecimiento con una recreación
histórica que devuelve al pueblo, por unos días, el ambiente del siglo XVI.
La Playa de Tazones
es especialmente conocida por los yacimientos de huellas de
dinosaurio que se conservan en los acantilados de sus extremos. Son las
llamadas icnitas, auténticas huellas fosilizadas que nos permiten imaginar que,
mucho antes de que existiera este pequeño puerto marinero, enormes dinosaurios
caminaron por estas mismas tierras.
Seguimos nuestro paseo hasta la Plaza del Riveru, uno de los lugares con mayor peso histórico de Tazones. Durante siglos fue el verdadero corazón de la actividad marinera del pueblo, escenario de la llegada de las capturas, de la venta del pescado y de las tareas que reunían a buena parte de sus vecinos. Aquí se varaban las embarcaciones, funcionó la antigua rula y, a pesar de los numerosos coches allí estacionados, todavía se conserva el recuerdo de aquellos tiempos en los que el mar marcaba, casi por completo, el ritmo de la vida cotidiana.
Y precisamente aquí vivimos una de esas
escenas que no vienen en ninguna guía turística, pero que se repiten con mucha frecuencia
en numerosos puertos del norte de nuestro país. El día de nuestra visita, algún
forastero tuvo la brillante idea de dejar su coche estacionado en la rampa por
la que se botan las embarcaciones. Todo parecía estar en orden hasta que la
marea comenzó a subir y, por un momento, pensamos que aquel coche iba a tener
que aprender a nadar. No sabemos cómo terminó la historia, pero desde luego, la
imagen fue de esas que hacen que uno mire dos veces para asegurarse de que
realmente está viendo lo que está viendo.
Muy cerca de allí encontramos también el rincón más fotografiado de Tazones, la espectacular Casa de las Conchas. Y no es difícil entender por qué. Su fachada, cubierta por miles de conchas, se ha convertido en una de las imágenes más reconocibles del pueblo y en una parada obligatoria para todo el que pasea por sus calles.
Y es que, contemplando esta singular fachada
cubierta de conchas, resulta inevitable que nuestra memoria viajera regrese a
nuestra Galicia, donde también hemos encontrado ejemplos en los que el mar
parece haber dejado su huella sobre la propia arquitectura. Allí está la
pequeña CAPELA
DAS CUNCHAS de la isla de A Toxa, cuya fachada se esconde bajo un
curioso revestimiento de vieiras, o algunas construcciones del BURGO
MARINERO DE SAN TOMÉ DEL MAR, donde las conchas vuelven a trepar por
los muros como si quisieran recordar que, en estas tierras, el mar nunca se
queda únicamente en la orilla.
Continuamos ahora recorriendo el Barrio de San Roque, dejando que el paseo nos llevara sin un rumbo demasiado marcado. Allí volvimos a encontrarnos con otras bonitas y coloridas edificaciones, pequeñas muestras de esa arquitectura marinera que da tanta personalidad a Tazones. Y, cómo no, apareció también uno de esos hórreos asturianos que tanto me gustan.
Tazones es, además, de esos lugares que
invitan a seguir visitando. Para quien tenga ganas de prolongar la visita,
desde una de las laderas del pueblo parte una senda que asciende hacia el Faro de Tazones,
una alternativa perfecta para continuar disfrutando del paisaje y contemplar
desde otra perspectiva esta pequeña localidad abrazada por el Cantábrico.
Y mientras nos alejábamos, terminamos reconociendo que no resulta extraño que Tazones haya sido incluido entre Los pueblos más bonitos de España. Porque, después de recorrerlo sin prisas, de asomarnos a su puerto y de dejarnos llevar por sus rincones, solo podemos decir una cosa: sí, lo es…
TODA LA INFORMACIÓN INCLUIDA EN ESTA
PUBLICACIÓN, HA SIDO RECOGIDA DE LOS SIGUIENTES ENLACES:
https://lospueblosmasbonitosdeespana.org/pueblos/tazones
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